miércoles, 18 de marzo de 2026

MARGARITA WEILD. El gran amor del General José María Paz.

MARGARITA WEILD. El gran amor del General José María Paz.

Fotos personales tomadas el 16 de diciembre 2021
Existen escondidas en muchos monumentos funerarios que frecuentemente pasan desapercibidos grandes y sorprendentes historias de amor. En este caso la diferencia de edad en la pareja no era algo extraño para aquel tiempo donde el parto era un momento de mucho riesgo y podía llegar a ser fatal para la madre. Es por ello que muchos varones de cierta edad que habían quedado viudos se volvían a casar con mujeres mucho más jóvenes que ellos. En ese sentido no podemos aplicar criterios de valoración moral un tanto anacrónicos. No es este el caso. El General Paz no había quedado viudo y fue realmente un amor profundo y consistente. Es importante destacar la devoción y el sacrificio que por ese amor realiza esta mujer que no podemos olvidar. Actualmente los restos de ambos permanecen unidos en la Ciudad de Córdoba pero en algún momento han estado custodiados en esta bóveda.
RECURSO BIOGRÁFICO.
MARGARITA WEILD Y EL GENERAL JOSÉ MARÍA PAZ: jUNTOS PARA SIEMPRE.
PARA LA NACION Cristina Bajo
La distancia y las separaciones fueron constantes en esta pareja de tío y sobrina, que se llevaban más de 20 años. Eran tiempos de luchas internas por la organización nacional y a pesar de que él estaba en prisión, lograron casarse y vivieron juntos en la cárcel
¿Puede el amor perdurar a través del tiempo y la distancia, sostenerse a pesar de la lejanía, volverse más fuerte cuando las circunstancias parecen conspirar para separarlos? Quizás no en todos los casos, pero Jane Austen lo planteó en una de sus novelas más exitosas –Persuasión– y en Córdoba, una historia verídica que trascurre entre la Independencia y la guerra entre unitarios y federales, lo confirma.
En la Catedral de Córdoba hay un mausoleo cuyos detalles nos advierten que allí descansa un guerrero. En vida, este hombre no fue especialmente querido, pero consiguió el respeto de sus iguales y la admiración de sus enemigos; fue un estratega brillante, y sus tácticas se estudiaron, hasta entrado el siglo XX, en las mejores escuelas de guerra de Europa. Fue un convencido federal que detestaba el caudillismo, fue mentado unitario mientras intentaba federalizar un país donde cada provincia era una república.
Pero lo relevante de esa tumba no está en el hombre que descansa en ella, sino en la mujer que descansa a su lado, pues no se conoce caso igual en la Argentina: que en la tumba de uno de nuestros héroes, y en la Iglesia Matriz, descanse, como en lecho conyugal, la mujer que fue el amor del héroe, la mujer de la que él fue su único amor. En vida, él fue el general José María Paz, el "Manco"; ella, su joven esposa, Margarita Weild, la "incomparable Margarita".
Durante casi toda su vida, Margarita, aunque pertenecía a un grupo privilegiado de vecinos de Córdoba, tuvo que sufrir la suerte de las mujeres de los perseguidos, los encarcelados y los exiliados.
Había nacido en 1814 y quizás por educación, tenía ciertos rasgos de carácter que se atribuyen a la mujer cordobesa: valor, terquedad, dominio de las emociones en público, austeridad.
Su madre fue María del Rosario Paz, y su padre, un médico escocés llamado Andrew Weild. La bautizaron Agustina, pero se la llamó, en recuerdo de su abuela británica, por el muy escocés nombre de Margarita. Su padre murió cuando era muy chica, pero aceptó con cariño al segundo esposo de su madre, Juan José de Elizalde.
Desde niña sintió admiración y afecto por su tío José María, el que peleó por la Independencia, el que peleaba, cuando era ya una jovencita, por constituir el país. El tío buen mozo, serio, poco dado a conversar, pero que en familia, era afectuoso, bromista y dedicado. Creció oyendo hablar de su heroísmo, de aquella vez que casi perdió, por un brazo herido, la vida, que le fue concedida –pensaba ella– para que pudiera amarlo y cuidar de él. ¡Cuidar de él, siendo ella tan joven, siendo él mayor, fuerte y valeroso!
"¡Qué pretenciosa la niña!", la reprendió él alguna vez; Margarita, en cambio, mostró una sonrisa de complicidad con el Destino.
Vivió toda su vida con el "Jesús en la boca": que si su brazo le daba espasmos, que si las tercianas lo volteaban, que si se iba a Brasil, a pelear contra el Emperador, que si volvía atravesando un país soliviantado por la guerra civil; que si en Córdoba lo esperaban enemigos encubiertos.
Ella aguardaba con paciencia que llegara su momento: siendo niña, escuchando detrás de las puertas las noticias dadas en voz baja; ya más grandecita, preguntando tímidamente por él; llegada a la edad de casarse, hablando abiertamente de la preocupación por su suerte. Tagore aún no había nacido, y faltaba casi un siglo para que escribiera Gitánjali, pero Margarita sabía que ni el sol ni las estrellas podrían esconderlo de ella para siempre.
Su historia comenzó cuando parecía que iba a terminar la de él: boleado su caballo en los campos de Calchín, fue a dar en la Aduana de Santa Fe, prisionero de don Estanislao López, caudillo de aquellos pagos.
Durante mucho tiempo la familia penó sin saber si aún estaba vivo. Luego, su hermano Julián supo de él y poco después su madre y Margarita fueron a verlo. Ella entró primero, y sin poder contenerse, se arrojó en sus brazos, sorprendiéndolo con sus veinte años. Él, aturdido, no queriendo divertir a los guardias con sus aflicciones, contuvo el llanto de las mujeres con unas pocas palabras: "Nada de lloros, nada de lloros" mientras, por dentro, se avergonzaba de que ella lo encontrara desarrapado, con el cabello indómito y la barba crecida. Por el cuarto, jaulas y una horma de zapatero dijeron a las mujeres que mantenía su cordura con el trabajo manual. Ya había comenzado sus Memorias.
Al abandonar la Aduana, Margarita dijo a doña Tiburcia que estaba determinada a casarse con él. Y mientras tramaban el paso, la joven le llevó libros, papel, tinta y velas; las velas que, cuando querían castigarlo, para que no pudiera leer ni escribir, le requisaban.
Otras veces, traía un costurero y componía su ropa. Su mano afectuosa le recortaba el cabello, le rasuraba la barba, le preparaba un plato refinado. Cuando le atacaba la tristeza del cautiverio, le leía en voz alta o entonaba canciones.
Parece increíble que tanto afecto y sacrificio, de parte de estas mujeres, que embellecían la celda con flores silvestres, que mantenían limpio el entorno y resistían en silencio el mal trato de los carceleros, no despertaran en aquellos hombres un sentimiento de compasión.
Paz debió enamorarse sin remedio, pero no queriendo involucrarla en su desgracia, se atrincheró en una esquivez helada; ella, cansada de darle vueltas al asunto, le dijo que estaba determinada a casarse. Él contestó que era una locura y comenzó a enumerar la diferencia de edades, el futuro incierto, la muerte que pendía sobre su cabeza. Ella, arrebatada, demolió sus argumentos esgrimiendo su amor, tantos años de espera, la fortaleza con que enfrentaría cada prueba.
Paz se desmoronó: fue una de las escasas debilidades que se le conocieran, y planearon la boda en secreto. Un sacerdote de la familia, que solía visitarlo, consiguió las dispensas –eran tío y sobrina– para unirlos. Y el 31 de marzo de 1835, a las dos de la tarde, se casaron mientras el religioso decía en voz baja las palabras de rigor, para que nadie sospechara lo que sucedía.
Llegada la hora, los guardias ordenaron a las mujeres retirarse, pero el Dr. Cabrera arguyó el derecho de convivencia y presentó los documentos. Las autoridades, entre sorprendidas y admiradas, decidieron dejarlos en paz. Dos días después, comenzaron su vida de casados.
Es en prisión donde Paz muestra lo inquebrantable de su carácter: siendo manco, fabricó complicadas jaulas; siendo prisionero, dispuso de su destino; siendo civilizado, mantuvo alto el espíritu, aunque a diario asistiera a torturas y ejecuciones; indefenso, se sobrepuso al miedo cuando le decían con siniestra jocosidad: "Hoy capaz te llevamos al Remanso". El Remanso, el degolladero. En el pueblo, a Margarita le habían dicho que no comiera peces, pues estaban cebados en la carne de las víctimas.
Cuando quedó embarazada, José María le pidió que volviera con su madre, para que el niño naciera en libertad. La respuesta de ella, mientras tendía el camastro, fue cortante: "No tiene importancia donde nazca. Todo el país es una cárcel", sosteniéndose en el recuerdo de los años que había esperado por aquel hombre.
Pero sus inquietudes no tenían fin; antes de que diera a luz, don Juan Manuel de Rosas decidió trasladarlo a Luján. Negarle a Margarita la información de lo que se haría con su esposo, fue una crueldad que Estanislao López ejerció sobre ella gratuitamente, pues Rosas había ordenado que se trasladara "al general y su familia" en carretones decentes.

Paz debió enamorarse sin remedio, pero no queriendo involucrarla en su desgracia, se atrincheró en una esquivez helada; ella le dijo que estaba determinada a casarse

Finalmente, doña Tiburcia se enteró del destino de su hijo, y partieron a Buenos Aires, la anciana endeble, la joven embarazada, en una barcaza donde los tripulantes, apiadados, tendieron un toldo para resguardarlas.
La desesperación de Paz no fue menor, pues temía que no les permitieran volver a reunirse. Pasaron meses hasta que supo que su esposa tramitaba el permiso para vivir con él, finalmente concedido. El niño nació poco antes, y viajeros ingleses que pasaron por Luján asentaron en sus diarios que veían con asombro pañales flameando en una ventana de la cárcel.
Ella cuidaba al niño, almidonaba las camisas de él y pintaba un álbum para los hijos que vendrían; José María ganaba algo como zapatero y se dedicaba a escribir; ambos leían los libros que les mandaban, y dormían con el frío de un cuchillo invisible en la garganta, esas noche en que oían gritar a algún infeliz a quien arrastraban al martirio.
Margarita dio a luz una niña que murió a los pocos meses, postrándola en la melancolía, de la que salió para cuidar al mayorcito, gravemente enfermo. Más adelante tuvieron otra hija, a la que se bautizó Margarita.
En 1839, después de ocho años, el general Paz fue liberado y enviado a Buenos Aires, con "la ciudad por cárcel". Por primera vez, él y Margarita tuvieron privacidad, pudieron pasear, asistir a reuniones, hacer amistades. A él le devolvieron el sueldo de general, y le pagaron lo adeudado.
La revolución de Maza, las matanzas posteriores y el que muchos lo señalaran como único capaz de vencer a Rosas, hicieron que el Manco temiera por su vida y huyera hacia la Banda Oriental. Margarita no estaba de acuerdo, y como su historia había despertado simpatías en gente influyente, consiguió un cargo diplomático para su esposo, con la condición de que no tomara las armas contra Rosas.
Luego, cruzó el río con sus hijos y se instalaron con Paz en Colonia. El breve período de tranquilidad había acabado: José María retomó el oficio de la guerra, enredándose nuevamente en políticas absurdas.
Si alguna vez sintió remordimientos por arrastrarla en su destino, ella podría haberle contestado con una frase de Tagore: "Entré en tu vida sin que me lo pidieras, y pusiste tu sello de eternidad en los instantes fugaces de la mía."
Tuvieron que pasar años de separaciones, angustias, traslados demenciales por la selva y pérdidas constantes, para que, harto de discutir con sus aliados, traicionado, apesadumbrado por la muerte de otro hijo, José María decidiera pasar a Río de Janeiro. Había perdido, tras el ideal, la posibilidad de un cargo, había sido derrotado en política por hombres más hábiles que él en pactos tras bastidores, y había sumido en la pobreza a su familia. Margarita esperaba su octavo hijo.
Sin recursos, pusieron una granja, que no daba mucho; sobrevivieron porque ella sacaba fuerzas de flaqueza y preparaba empanadas que él y sus hijos vendían entre los vecinos.
A pesar de esto, eran felices; vivían en familia y ella no sufría el terror de que lo mataran en batalla, sabiendo que nunca recuperaría su cuerpo. Pero estaba tan debilitada por los esfuerzos, por los viajes y los sucesivos embarazos, que su madre, Rosario, debió trasladarse para atenderla.
El 5 de junio de 1848, a las diez de la noche, varios días después de haber tenido a su último hijo, murió, dejando a su marido desolado. Sus últimas palabras, conmovedoras, fueron para pedirle que la dejara entregarse a la muerte, que había un Más Allá, y que velaría por ellos. Y viendo el dolor desgarrador de ese hombre, al que no se le conocía flaqueza, puso su mano sobre la cabeza de él y empleó su último aliento para repetir: "¡Cuánto te he querido!"
Tenía sólo treinta y tres años. Fue enterrada en tierra extranjera, pero hoy yace en la Catedral de Córdoba junto a los restos de aquél a quien amó más que a su vida.
Años después, en agonía, él la habrá llamado con la voz del poeta: "¿Dónde estás, amor mío? ¿Por qué te escondes en la sombra? Yo no sé el tiempo que hace que te espero, cansado”.

lunes, 16 de marzo de 2026

CARLOS M. NOEL. Obra del escultor LUÍS PERLOTTI.

CARLOS M. NOEL. Obra del escultor LUÍS PERLOTTI.

Fotos personales tomadas el 5 de marzo de 2026.
Las placas conmemorativas son una fuente inagotable de información. El rostro y el detalle de las vestimentas nos permite conocer la moda de una determinada época. Asimismo en muchas de ellas aparecen edificios y construcción que también nos permiten reconstruir como un espejo una arquitectura urbana que muchas veces ya no existe o ha sido sometida a cambios diversos
RECURSO BIBLIOGRÁFICO.
El Museo de Esculturas Luis Perlotti es un museo de arte ubicado en la calle Pujol 644, barrio de Caballito, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Lleva su nombre en homenaje al escultor argentino Luis Perlotti. Tiene como misión preservar, difundir y promover la producción y recepción de la escultura argentina en general, y del artista homónimo en particular. Su patrimonio incluye más de 1600 piezas, entre dibujos, pinturas, grabados, murales y variados géneros escultóricos: tallas en madera, esculturas en mármol y bronce, cerámica y piedra reconstituida. Entre ellas, se destaca la producción de Perlotti, caracterizada por su temática americanista, obras de grandes maestros de la escultura nacional y dos murales del pintor Benito Quinquela Martín. Además, cuenta con la donación de artistas de la talla de Lidia Battisti, Juan Carlos Ferraro, y Alfredo Yacussi.[2]​
Historia
Luis Perlotti deseaba que su casa taller fuera un museo. En 1948 adquiere la propiedad de la calle Pujol 642/4, Caballito, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y comienza el rediseño de la vivienda con este fin. Dos amplios salones fueron destinados a la exhibición de sus obras terminadas y a la biblioteca. En la entrada al patio principal colocó dos grandes murales en hierro esmaltado hechos por su amigo Quinquela Martín.
En el resto de las paredes colocó su obra de temática indigenista y gauchesca: El tirador de honda, la danza de los cóndores, la leyenda de la flor de Irupé. Y ocupó la galería con las esculturas de bulto: la Danza de la flecha y el Despertar de la Raza, entre otras.
En 1954 Perlotti comenzó a realizar una serie de visitas guiadas que él mismo organizaba, con el propósito de convocar a la comunidad barrial y acercarla al arte y a su obra.
El 25 de enero de 1969 fallece en Punta del Este, Uruguay, en un accidente automovilístico, dejando como donación su casa y todo el patrimonio artístico que en ella se albergaba a la entonces Municipalidad de Buenos Aires. La misma fue aceptada por la ordenanza 27.726 del 23 de mayo de 1973 y fue ratificada y perfeccionada por otra ordenanza tres años más tarde.
En 1987 por iniciativa del Profesor César A. Fioravanti se elaboró un proyecto para la apertura del Museo que se concretó en diciembre de 1990.
En 2004 otro proyecto de refuncionalización se aproxima. El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires llama a concurso para la remodelación de la casa museo y designa como ganador al estudio del arquitecto Mario Roberto Álvarez. El museo es trasladado a la sede de la Dirección General de Museos, donde permanece hasta su reinauguración.
El 22 de diciembre de 2008[3]​ el Museo de Esculturas Luis Perlotti reabrió sus puertas en un moderno edificio, que revaloriza la obra del escultor argentino y la actividad cultural del barrio de Caballito.

MARGARITA WEILD. El gran amor del General José María Paz.

MARGARITA WEILD. El gran amor del General José María Paz. Fo tos personales tomadas el 16 de diciembre 2021 Existen escondidas en muchos mon...