CEMENTERIO DEL NORTE O RECOLETA. Testimonio de primera mano.
Es sumamente útil este párrafo de Rafael Calzadillas con su descripción del Cementerio de la Recoleta alrededor del año de 1840. Lo considera un lugar abandonado, despojado aún de monumentos funerarios dignos de tal nombre. Lo mira como un potrero amurallado y por esa razón las familias economicamente pudientes que rechazaran aún entonces la idea de ser sepultados en tal espacio. Es igualmente interesante rescatar las costumbres de morir con el hábito de la cofradía u orden religiosa con la cual se había estado en relación durante su existencia.
RECURSO BIBLIOGRÁFICO.
CAPÍTULO XV.¿En lo que estábamos, preciso es confesarlo, verdaderamente atrasados por aquella época de 1835 á 1840, era en materia de cementerios. Creo que ni siquiera era ese el nombre — paréceme que lo llamaban “Campo-Santo”. Los había generales y aun especiales; pues los conventos y monasterios tenían el suyo para su respectiva orden, comunidad ó congregación. Se enterraba aun en los templos, desde el átrio hasta el altar mayor; y lo extraño mismo en el piso que en sus paredes por el interior, según categoría religiosa o civil; así como según la devoción ó cofradía á que perteneciera el difunto, se le endosaba de mortaja el hábito de uno ú otro seráfico San Francisco y Santo Domingo; comprándolo en los respectivos conventos, se le hacia bendecir, y hete ahí enfrailado á uno después de muerto.
Los obispos, grandes prelados, dignidades eclesiásticas, párrocos de nombradía por su ciencia y virtudes, iban á parar al pié de los altares mayores. Los síndicos y personas civiles de mucha nombradía, por sus servicios al cultó ó por su austera religiosidad, alcanzaban la sepultura en los presbiterios. — En muchas iglesias se ven todavía lápidas sepulcrales, ya en el piso, ya en las paredes.
No negaré que estas costumbres respondieran á sentimientos piadosos, y fueron tendentes á despertar emulación religiosa en los fieles; pero condenada por la higiene, como lo están actualmente, pues se convertían nuestros templos en focos de infección, y de efluvios deletéreos eliminados, estando por una parte destinada a la congregación de grandes masas precisamente por su objeto, inspiraban, por otra parte, casi el mismo sentimiento de pavor que los campo-santos
Habíamos heredado de nuestros mayores, con la religión católica, estas costumbres, y creyéndolas inherentes á ésta, nadie hacia alto en los tumbas inconvenientes que física y moralmente comportaban aun en esa época tan alejada ya de la era revolucionaria de Mayo.
El campo-santo de la ciudad había sido establecido en un terreno valdío, especie de potrero amurallado, y contiguo al magnífico convento de la Recoleta, que, cuando se suprimieron las órdenes religiosas, fue erigido en la iglesia parroquial del Pilar.
Abrir una zanja, arrojar dentro de ella el cajón mortuorio, cubrirlo á pisón nuevamente con la tierra extraida hasta el nivel de la superficie, dejando al lado el sobrante, coloque á la cabeza una cruz de madera y mortus est qui non respirat /
No había ningún monumento, ¿qué digo! ni sepulcro notable habia allí. Era aquello una desolación, y terrorífica la impresión que producía su aspecto. Así, era dolorosísima la sensación producida por su aspecto, y desconsolaba profundamente pensar que á tan abandonada mansión, tenian que venir á parar los más privilegiados seres de nuestra afección.
Nada extraño es, y por el contrario, mucho explica esto, el que las personas pudientes ó de buenas y altas relaciones, se apresuraran con tiempo en adquirir el derecho por algún medio piadoso ó pecuniario, de ser sepultados siquiera fuera en el atrio de una iglesia.
Mis abuelos paternos fallecieron el año 39 (lo Dejo consignado aquí para que la posteridad no tenga que andar dándose de calabazadas, con la frente en las paredes del Cementerio, por averiguar cuando murieron los autores del célebre autor de “ Las Beldades de mi tiempo " — quien perdió á su abuelo el 7 de julio, y 70 días después, el 17 de Setiembre de 1839, su cariñosa abuelita).
¿De qué murió? me dirán las señoras con quienes lo hablo. De tristeza! de pena!
Habían vivido estos cónyuges 57 años de una existencia íntima, sin preguntas, sin disidencias de ningún género. Era demasiado para la esposa perder á tan avanzada edad el compañero inseparable de su vida. Se afectó profundamente — no podía olvidar. Cuando se vio sola fue atacada dé ictericia y... se la llevó! Espongo estas reminiscencias naturalmente, sin pretensión; pero cediendo á mis instintos, porque soy de la raza de los querendones; Pido excusa porque tal vez escandalizo por aquello de que el que lo hereda no lo hurta.
¡Y no lo creerán algunos! pienso morir en mi ley, gustándome todas las que veo[1]


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